lunes, 2 de abril de 2007

La Revolución Capilar

El siguiente es un comunicado a mis compañeros de lucha escrito el 03 de septiembre de 2006. El sentimiento que me embargó aquel día no me ha abandonado. Por tanto, su pertinencia histórica se mantiene intacta.
A los caídos


Ocurrió hoy. Mientras la cobardía que corría por mis venas me obligaba a apartar la mirada hacia el techo, las puntas de mi cabello caían desesperadamente al suelo, luego de que una tijera asesina las desterrara de sus raíces capilares. Fueron meses, años, de lucha contra los prejuicios y la resequedad los que transcurrieron hasta mi vuelta a ese terrorífico lugar, siempre cargado con la mayor hostilidad hacia cualquier forma de pensamiento masculino: la peluquería.
La verduga fue una mujer de extrema fealdad que llevaba por nombre una de esas extrañas deformaciones típicas de las clases bajas, amantes insaciables del sonido de la letra "Y". Esa mujer con nombre de puta barata y manos asesinas lanzó su ataque a mi indefenso cabello, que pedía estrepitosamente por una segunda oportunidad para hidratarse. Yo lo decepcioné, ignoré por completo su súplica y me concentré en sentir el galopante latir de mi asustado y nervioso corazón.
Alguien me preguntó, luego de conocer sobre aquella tragedia, de dónde saque la determinación para hacer aquello. Lo único que podría decir al respecto es que mi conciencia no tuvo nada que ver con la toma de la decisión. Había entrado en aquel recinto con la etiqueta de espectador, pero desde el momento en que pisé el suelo tras la puerta de entrada, el humo residual de los desquiciados secados de cabello actuó como una infusión de paranoia que inmediatamente golpeó mi sistema nervioso central, dejándome vulnerable ante los cánticos de las malvadas peluqueras y los metales de las tijeras.
Pero no pretendo evadir mis responsabilidades sobre el tema. Debo advertir que a partir de este punto, el comunicado que ahora les presentó tomará cariz de declaración de principios. Previamente había llegado yo a la resolución de guillotinar las puntas de mi cabello por cuestiones de salubridad capilar y vanidad estética. Lo ocurrido hoy aceleró inesperadamente mis planes, pero debo admitir que tales planes existían. Un viejo amigo de lucha me increpó, tildándome de traidor e indigno por dejar caer a los más viejos sectores de mi cabello, esas puntas que fueron pioneras en la revolución capilar que ha estremecido mi cráneo por cerca de dos años. Debo afrontar tales acusaciones dando a entender que he hecho esto por convicciones serias y amor profundo a mi cabello y su lucha, por creer seriamente que las viejas generaciones, a veces ideológicamente marchitas, no deben obstaculizar el paso del nuevo cabello y porque, sencillamente, mi espíritu y mi mente me obligan a luchar por la constante búsqueda de la felicidad, y para lograr eso hace falta hacer "la revolución capilar dentro de la revolución capilar".

1 comentario:

Fif dijo...

Como ame la parte donde describes el nombre de la verduga. Jajaja realmente la ame!! Sabes? Yo misma me corto el cabello.