Desde hace cierto tiempo ya he venido utilizando la palabra "masa" para calificar al grupo de gente que parece moverse por allí y llevar su existencia por un puro principio de inercia. Caigo en cuenta de que no estoy en condiciones de juzgar si los demás realmente viven así, en un constante dejarse llevar; pero no puedo evitar persar y sentirlo así. De cualquier manera, no soy el único que apunta al grueso de la población que nos rodea con adjetivos de este estilo.
En "La Rebelión de las Masas", José Ortega y Gasset apunta una serie de rasgaos que él considera características de lo que viene a constituir su propia definición de "hombre-masa". Quizás a punta de parafrasearlo e interpretarlo termine por quitarle el sentido que quiso darle el español a sus comentarios, y si esto ocurre que me perdonen los entendidos en filosofía (yo mismo, no sé nada de ella). A lo que quiero aludir es a un aspecto primordial en el "hombre-masa" de Gasset que yo suscribo para el mío: el español nos dice que la buena situación material y política del hombre moderno (especialmente si se compara con el lacayo del medioevo, por ejemplo) lo llena de una situación de autosuficiencia e independencia que termina por ser peligrosa. Porque el asunto, según lo entiendo, va por aquí: si se mezcla la sensación de autosuficiencia con la ignorancia (muy bien distribuida entre los hombres), se obtiene soberbia y desconsideración.
Me considero promotor del individualismo, de la excentricidad y de la diferenciación, pero el asunto tocado acá trasciende estas cuestiones. La autosuficiencia y la completa independencia nunca existen en una vida que transcurre en el seno de una sociedad. Si bien los individuos no deben estar al servicio de la sociedad, sí tiene que entenderse que los mismos tienen que hacer ciertos sacrificios para convivir con ella. Esto puede entenderse como la necesidad de supeditarse a la misma, pero esa palabra puede tener connotaciones muy distintas, y por esto debemos cuidarnos de hacer la interpretación correcta. Quizás mis reflexiones cuasi-filosóficas sean muy inmaduras, ingenuas o erradas de plano, pero esto de "supeditar la conducta a las normas de la sociedad", no lo leo yo como una disctadura del conjunto sobre el individuo. No es la sociedad o, peor aún, el Estado, imponiendo y determinando el devenir del sujeto. Creo en la libertad individual, pero esta última debe entenderse como una libertad claramente restringida (¿cuál no?) por una serie de valores, códigos, normas que la sociedad ha establecido como "válidas" en algún momento, y que el sujeto debe acatar si quiere permanecer bajo el cobijo de la comunidad. A quienes consideran la civilización como un fracaso, los invito a ir a vivir a la selva. Ya sea que se emparejen con los monos, o con alguna tribu indígena, creo que extrañarán las costumbres que tanto fustigan.
Parece que he divagado mucho, pero consideraba necesario establecer lo previamente dicho para aclarar el asunto expuesto originalmente. Ocurre que, cuando la sensación de autosuficiencia e independencia llega al vulgo, suele éste creerse absolutamente desconectado de los demás. La lógica detrás de las "mentes-masa" vendría a ser algo como: yo hago, yo tengo, ergo, los demás son dispensables. Este razonamiento es absurdo y un simple ejemplo lo prueba: tener tu trabajo y hacer tu propio dinero no te hace autárquico, todavía necesitas de la sociedad para abastecerte de casi todo (si no todo) lo que tienes. Pero para quienes no razonen ni un poco en los beneficios que obtienen del entramado social, observarán sólo las incomodidades de tener que ceñirse a ciertas reglas básicas y, finalmente, considerarán muy pesadas las mismas. Por tanto, de tanto creerse independiente, el "hombre-masa" termina cayendo en un irrefrenable solipsismo. La distancia entre "los demás no son necesarios" y "los demás no existen" no es muy larga en la mente del hombre. La única existencia que se toma en cuenta es la propia y, por tanto, la desonsideración reina en nuestra sociedad.
Muchos pensarán entonces que estoy hablando de un asunto que sólo se observa en catástrofes o grandes momentos de la historia de la humanidad. Pero nada tiene que ver con estos escenarios. Creo que esta desconsideración de la que hablo es absolutamente visible en la cotidianidad de nuestras vidas; allí en espacios donde las normas a respetar son tan absolutamente esenciales y modestas que no se concibe razón alguna para incumplirlas más que el completo solipsismo del típico "hombre-masa" que nos rodea. Hablo de escenas tan mundanas como el muchacho que tira una botella en un paisaje natural mostrando completo desprecio por el ambiente y quienes disfrutan de él. También está el insensato que coloca música estridente en la puerta de una casa ajena. O los insoportables párvulos que hacen gala de sus molestos juegos pirotécnicos escándalosos explotándolos cerca de desprevenidos transeúntes con el único fin de molestarlos. Parecerán exagerados esos ejemplos para algunos, pero creo que el asunto esencial es responderse: ¿consideraron en algún momento los protagonistas de esas escenas cómo los afectaría a ellos si algún tercero los victimizara con las mismas andadas? O más coloquialmente, ¿les gustaría recibir de su propia medicina? Esas son manera sútiles de preguntar: ¿te pusiste en los zaptos del otro?, ¿consideraste la molestia que causarías? Una respuesta negativa es la más clara evidencia de la desconsideración y el solipsismo de los que hablo.
jueves, 29 de marzo de 2007
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1 comentario:
Los textos anteriores eran comicos y contenían ironias interesantes de la sociedad, pero "La Masa es Solipsista" es una crítica genial! Yo tampoco soy experta ni ilustrada en filosofía, pero me gusto y estoy de acuerdo con lo que planteas.
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