Cada cierto tiempo, los grandes hombres se ven forzados a dejar de lado los deberes y las costumbres cotidianas para perseguir grandes causas. Por eso es que son "grandes hombres". La mayoría prefiere quejarse de la pequeñez de su existencia. Por eso somos "grandes quejones". Ejemplos de grandes hombres abundan. Es de conocimiento popular que Napoleón dejó de beber su ración de Sustagen diario para lograr el anhelo de conquistar Europa; Alejandro Magno abandonó sus prácticas pedófilas para poder actuar en la película de Oliver Stones; y Freud renunció al contacto humano para... dormir (suena extraño, pero en su caso, dormir era un asunto importante) Algún día hablaremos de Freud y su posición en la historia como el hombre que más hizo mientras dormía, o quizás como el hombre más original a la hora de justificar sus largas siestas.
Poniéndonos filosóficos, ¿por qué la mayoría no persigue esas grandes causas?, ¿flojera?, ¿conformismo?, ¿miedo? En caso de ser esto último, ¿miedo del fracaso o del éxito? Y en caso de ser lo primero, ¿flojera de pararse o de caminar? Yo seré sincero. Prefiero la rotunda y a veces desesperante cotidianidad porque, si logro hacer algo grande, algunos historiadores (curiosos de profesión) querrán estudiar mi persona, desenterrar los huesos que escondo, para luego publicar que no me lavo los dientes tres veces al día, que solo tengo medias blancas o que mi primer beso me lo dio, a los 30 años de edad, mi prima excitada por la lástima que le produzco. Llámenme reservado, pero me parece un precio muy caro.
Lo cierto es que estoy en una época en que me corresponde trazarme metas, fijar proyectos de vida. En pocas palabras, generar expectativas. En más palabras, darle argumentos a los espectadores (que todas las vidas tienen) para que más tarde digan "tanto que prometía". En cualquier caso, no me preocupa realmente este asunto. Siguiendo consejos del gobierno de mi país, me trazo metas imposibles de incumplir y me lanzo a la reelección... o, en mi caso, vivo tranquilo. Así, he llegado a un conjunto de exigencias razonables: mantener mi peso en el rango 40-300 kilogramos; generar ingresos de susbsistencia; vivir hasta la muerte; y no tener hijos alienígenas (esta tiene su riesgo, pero a veces hay que ver al destino a la cara y retarlo) Pero tengo que afrontarlo, incluso esta técnica no es antídoto suficiente, porque las expectativas que realmente me "joden la paciencia" -como diría el poeta- son las de mis padres. La decepción que me preocupa despertar es la de ellos.
A ver, mi padre es un usuario de mostachos que siempre ha estado bajo la (errónea) idea de que mi coeficiente intelectual excede el del promedio y que yo estoy predestinado para grandes cosas. Qué fácil es esperar grandeza de los demás desde el confort de la mediocridad. Ante eso, he pasado la vida usando tácticas variadas para desmentirlo. Pretendí dislexia, y él terminó een el razonamiento de que todo lo que estaba escrito en el mundo era ilegible, evité graduarme de secundaria y él celebró la rebeldía contra el sistema típica de las mentes superiores y, ya desesperado, descubrí que el autismo era una jugada peligrosa, porque mientras más calles más credibilidad y admiración ganas. Resulta que quienes más hablan suelen reafirmar con más fuerza su estupidez, ya sea congénita o adquirida (Saludos a mi Comandante Chávez). Ninguna de mis estratagemas fue exitosa. Mi papá sigue creyéndome el sucesor de Einstein.
Con mi madre el problema es aún peor. Aparentemente, a sus 20 años de edad le cayó una biblioteca encima y, desde entonces, existe una orden de cautela que prohíbe la permanencia de cualquier material susceptible a ser leído a menos de 20 metros de ella. Esta cuarentena legal la ha dejado en las telarañas intelectuales. Basta que yo salte a defender una causa que crea justa para que ella lo suelte: "cada vez que hablo contigo me doy cuenta de lo mal madre que fui". Podrían confundirse, ella no quiere decir que crió un hijo que lo entiende todo mal, sino que ella misma ha estado equivocada toda su vida y que, ¡oh inconsciencia malévola!, trató de inculcarme todos los conceptos errados del mundo. Así que, hablar de las ideas que defiendo en mi casa es, básicamente, darle una puñalada a mi madre. Contra esto no he probado nada. Simplemente estoy desarrollando inmunidad a la culpa materna.
No es fácil esta situación. Un papá que espera "grandes cosas" de mí y una mamá que se lamenta cada vez que yo, de hecho, doy mis opiniones. ¿Abogar por la calma de mi mamá, quedarme tranquilo como un pelele cualquiera y decepcionar a mi papá?, ¿o cambiar alguna cosa en algún lugar, defendiendo mis propias ideas, y procurar el insomnio de mi mamá?
Dedo decir que, hasta ahora, la primera opción resulta más atractiva. Por un lado, supone menos esfuerzo, y el ocio excesivo es bastante atractivo, debo decir. Además, creo que mi mamá me agrada más que mi papá... o quizás nunca superé al Edipo.
Como siempre he dicho, nunca podré decidir qué hacer con determinación hasta que mis padres mueran. Ojalá no sea pronto.
domingo, 7 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Simplemente GENIAL!!!!
really nice one..!!! esas expectativas a veces me producen insomnio... El tiempo lo dirá todo! :P
Publicar un comentario