Advertencia: El siguiente escrito puede contener comentarios ofensivos hacia los siguientes grupos sociales (afrodescendientes, mujeres, teístas, personas de la tercera edad, personas de la segunda edad, individuos con desordenes del lenguaje, mudos y algunos parlantes) También puede contener trazas de comentarios agresivos hacia defensores de los derechos humanos, antiguos premios Nobel y la mayoría de las ONG’s. Se recomienda al lector no conocer al escritor, a menos que no sea susceptible a sufrir deseos incontrolables de homicidio. Asimismo, se aconseja al escritor no redactar más este tipo de artículos. El administrador de esta página no se hace solidario por las opiniones emitidas por el autor de lo que leerán a continuación.
Después de largas jornadas de reflexión en torno a cuál grupo humano debe ser el pionero en las matanzas colectivas que necesitamos para limpiar la raza, creo que he logrado dar con una respuesta satisfactoria para todos los hombres y mujeres de buen gusto. Las viejas fórmulas que ponen énfasis en la raza o la fe han demostrado su infructuosidad y peligrosidad. Afrontémoslo, los negritos son muchos (tienen todo un continente tomado) y despertar las pasiones religiosas de la gente que es capaz de abstenerse hasta de la masturbación por Dios no es exactamente bueno para la salud. Entonces, ¿de qué peso nos libramos?
Tras superar la sordera temporal que me produjo aquella cháchara altisonante mantenida por el grupo de damas, víctimas de la menopausia y amantes del vino barato, que se dieron cita en aquella reunión, la respuesta a la pregunta original se volvió más clara que nunca. Lo que necesitamos es, definitivamente, un “fonocidio”, es decir, una limpieza social que busque la emancipación de los molestos ruidos que salen de tantas cuerdas vocales salvajes y desconsideradas. Existen distintas morfologías dentro del batallón de voces inadecuadas que buscamos extirpar de la sociedad, y por ello es que considero propicio proponer un castigo distinto a cada uno de esos rebeldes del hablar.
Están en primer lugar, los insuficientes, científicamente admitidos como “deslenguados parciales con patologías de sumisión social”. En reuniones más coloquiales, uno puede identificar a uno de estos sujetos en el destinatario de increpaciones como “habla como una mujer grande, pajúo”. La naturaleza de esta calaña silente requiere medidas drásticas para su reprimenda. Para ellos, propongo que, amenazados con bayonetas, se les exija emitir uno de sus incomprensibles susurros hasta agotar por completo el aire de sus pulmones. De inhumana no puede ser catalogada la medida, al menos morirán, como vivieron, en el placer de no ser escuchados.
Un segundo grupo es el compuesto por los poseedores de esas voces temblorosas que parecen imitar la geografía japonesa con sus irregularidades e inestabilidades. En las reuniones acartonadas y relamidas, suele decirse que estas personas sufren de una severa desafinación vocal, en las más folklóricas se habla de la gallera fugitiva que habita en sus gargantas. Para deslastrarnos de esta subespecie sólo debería bastar un poco de tecnología. Confío en que obligarlos a escuchar una grabación infinita de su propia voz hablando sobre Jesús (este grupo tiene un fuerte componente cristiano entre sus filas, lo que ha de tener alguna relación con el amor de este tipo de religiosos con el sufrimiento y cómo esa voz chillona es reflejo y promoción descarnada del suplicio) o algún otro tema de sus preferencia, será suficiente para hacerlos decantarse masivamente por el suicidio.
Finalmente, los seres más despreciables dentro de la baja ralea que pretendemos eliminar. Aquellos que se burlan depravadamente de los inocuos mudos, echándoles en cara el despilfarro que hacen con sus inquisidoras voces: los gritones. Principales responsables de la contaminación sónica, principalmente mujeres de mediana edad que desahogan represiones acumuladas en tertulias etílicas donde salen a relucir los más usados y raídos chistes sexuales que conoce el hombre occidental (los que hacen referencia al chorizo portuano, la escasez de cambures grandes y la afición por el desayuno a base de huevos y leche son clásicos infaltables). Lo único positivo de estos seres es la facilidad que prestan para ser instrumento de su propia aniquilación. Un cuarto con una buena acústica, unas copas del licor más rancio disponible, y un comentario al azar que encienda la mecha. Allí, una buena manada de estos amantes insaciables de los decibeles innecesarios, encerrados, se procurarán mutuamente los derrames necesarios para garantizarle al mundo salas de espera, bibliotecas y funerales silenciosos, como dicen que manda el mudo que más ha hecho gritar a la humanidad.Postulo pues, la receta señalada para dar l primer paso hacia una sociedad mejor, más reconfortante y quieta. Aquellos en contra, que hablen ahora antes de que los hagamos callar para siempre.
viernes, 21 de diciembre de 2007
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