miércoles, 22 de octubre de 2008

A Mariana

Si algún día me siento poeta intentaré escribirte algo. No prometo nada pues me cuentan que hacen falta subidas y bajadas y tú lo has venido aplanando todo, dibujando horizonte y destruyendo relieve. Ojalá esta majadería se entienda. La música me alcahuetea la faena. Inciso: antes pensaba que era mejor decirlo todo, es posible que ahora me resulte de mal gusto hablar tanto. Para dejar la poesía a un lado, confieso que he venido desnudando los fenómenos (¿ves cómo con una palabra derribo todo el sentimentalismo?). Solemos dejar de pensar en las cosas como las meras cosas que se nos manifiestan para perdernos entre interpretaciones, metáforas y paralelismos. Pero tú caminando eres tú caminando y no “tú alejando tu espalda sorda de mis palabras inútiles”. Tú caminando es una realidad mecánica y no más. Y allí está el mérito, en que no siendo más que eso, me cautive cada uno de tus pasos, especialmente los centrífugos, los que te apartan, porque no es tu realidad frontal tan hermosa como la de tu espalda derramándose sobre las caudalosas caderas que me ocupan los ojos cuando buscas cualquier cosa vulgar que está allá, lejos de mí. Tus palabras merecen una mención especial. Insuficientes, pragmáticas, irrelevantes a ratos, frustrantes. Y no me canso y me sorprendo y no me canso de sorprenderme. Si algún día amanezco poeta, quizás trovador, será a esa cotidianidad, a los pies que no te dejas tocar, a la desobediencia con que actúa tu lengua cuando la beso, a la antipatía con que reaccionas ante ciertas palabras, a la banalidad con que malgastas las servilletas cuando comes o a tu épica capacidad para escucharme hablar de lo que no sé, a lo que le escribiré.

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