domingo, 4 de enero de 2009

04/01/09

Las cosas han cambiado, pero muy poco sigue igual. El tiempo de ocio ha disminuido, la gente con quien compartirlo se ha alejado. La estabilidad emocional de la que tanto he alardeado siempre se me ha perdido. Ahora todo parece tambaleante, inseguro. Hace pocos días me caí en una calle densamente transitada, en plena hora pico, y tras levantarme, me costó reírme. Hasta allí he llegado. El mundo laboral, con todas las repeticiones burocráticas que implica, con el dominio del lenguaje de oficina ("validar", "gerencia", "procedimiento", "archivo") que supone, y con todos los botones y ojales que ha introducido en mi vestimenta, es el lugar donde transurre la mayoría de mis horas de vigilia en la actualidad. La ciudad es también nueva. Y la gente con la que vivo es desconocida. Más que nada, me pesa la recién descubierta soledad.
Claro que, como dijo el poeta, "si no fuera esto, sería otra cosa". Los motivos para el achicopalamiento (mi publicista me recomendó el uso de expresiones propias de otras latitudes para alentar las visitas foráneas, y México ha sido un hueso duro de roer) serían otros si no tuviera ahora este empleo, en esta ciudad; pero seguirían existiendo. Para muestra de lo que podría generarse en condiciones alternativas, un resumen de "razones para la aflicción": desempleo, sensación de estancamiento, desmoronamiento cerebral, excesivo acercamiento familiar, entre otros.
El problema es la soledad. El abandono es completo. Mi familia está lejos desde hace años, así que por allí no hay problema. Todo lo contrario. Pero también se han ido los aparatos electrónicos. Amigos indispensables, cuando se recuerdan en retrospectiva. El suave contacto de los dedos con los botones pintados de un teclado, el obediente televisor que cambia de rostro a tu antojo (aunque muchas veces ninguno de los que tiene para ofrecerte vale la pena). Son muchas otras las relaciones estrechas que regala la tecnología detengo la lista acá para no derramar lágrimas por la pérdida. También algunos compañeros humanos han desaparecido, situación que lamento solemnemente.
Esta entrada, debe quedar claro, es una insensatez. Es quizás un intento para poner a trabajar una neuronas que hace mucho no se interesan por hacerlo. Quizás en una forma de expresar de manera muy entrecortada un sentimiento absolutamente nuevo. Ni siquiera pude intentar resultar gracioso. Espero que las cosas mejoren, para volver a la época en la que escribir una línea no suponía un esfuerzo contabilizable en minutos y fracciones de horas.

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