lunes, 19 de enero de 2009

El Llanto

Nadie notaba que la muchacha con el mechón de cabello blanco que le partía la cabeza en dos iba llorando. Era un llanto leve, pero no escondido. En el proverbial tráfico caraqueño es mucho lo que se pierde, además de las horas. Iba camino a la universidad, donde quizás se encontraba la razón de su pobre estado de ánimo (también se podía notar que eran lágrimas de tristeza las suyas). Entre el brazo masculino que me rozó la espalda y la nalga de sexo indeterminado que pasó frotándose con la mía volteé, y la perdí. En el hacinamiento de los buses caraqueños se pierden muchas cosas, además del espacio de decoro entre los cuerpos.

Ciertamente, el interés que tiene una historia a veces depende más de quien la observa de quien la vive. El protagonista, entre el desencanto, la euforia, las lágrimas o los golpes pierde el sentido narrativo de lo que ocurre, se desentiende de la contextualización y la perspectiva de los hechos. El espectador no pierde nada, al menos el buen espectador. ¿Qué habrá pasado con aquella muchacha? ¿Será una verdadera desgracia la que le inyecta el llanto o estarán las lágrimas saliendo empujadas sólo por un prosaico dolor de cabeza? No importa cuántas decepciones pueda llevarme al averiguar los argumentos detrás de cada caso, siempre encuentro fascinante el llanto femenino. No sé cuánto haya en eso del atávico sentimiento de protección al supuestamente más débil, o cuánto de simple placer al atestiguar la fuerza con que una emoción puede doblegar a alguien. La excepción de la regla es el llanto de mi madre. La última vez que recuerdo haberlo visto fue un 12 de octubre, el de 2002, por cierto. Mi tío había muerto. Yo, no sin cierta torpeza, sólo atiné a preguntar el cómo para luego pasar al tema de las papas que se estaban cocinando. Pero no había remedio. Una muerte, un velorio en camino y, con él, mucho llanto del menos interesante: el malgastado ante los cadáveres.

El mío no lo recuerdo bien. Es muy esporádico. La memoria erosionada me lo presenta sólido, acompasado y basado en la garganta. Pero quizás esté confundiéndolo con algún otro. Ahora sólo lloro por algunas películas.

En estos momentos, horas más tarde de mi momento voyeurista, aquella muchacha se estará arreglando el mechón de cabello blanco mientras agradece el alivio que siente tras haber sacado de su ojo aquella piedrita que hace rato, cuando caminaba por la calle, la hizo llorar involuntariamente.

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